Feeds:
Entradas
Comentarios

DSC_2619

Este buen mozo de 19 años recién cumplidos es un fiel exponente de su generación. Pero contrariamente a la tendencia “ni-ni” él trabaja y estudia. Cursa Publicidad y Relaciones Públicas en la UB y este verano sus padres le instaron a que toda su vitalidad juvenil y sus inquietudes las canalizara en la búsqueda activa de un trabajo. Tenía una alternativa: colaborar en la clínica dental de sus padres. Entre la disyuntiva de estar a las órdenes de sus progenitores o trabajar en una mina le resultaba mucho más atractiva la segunda opción. En vista de que la zona del Vallés no posee yacimientos de wolframio se decantó por probar fortuna en La Roca Village. Presentó su currículum y fue requerido para los establecimientos de Timberland y Versace. Ante la extrañeza de propios y extraños escogió Versace. La razón de su elección no tenía nada que ver con una supuesta adoración a la medusa. El horario del establecimiento italiano era completo y aunque el estilo de Timberland le era a priori más afín anidaba en él cierto temor a ser requerido en el negocio familiar para redondear sus horas libres.

Los primeros trabajos siempre son enriquecedores y, aunque no te solucionen el futuro, obligan a tomar conciencia de que en según qué puestos no vale ir ni de hipster ni de gótico. Nuestro apuesto joven lucía en la tienda de negro riguroso, como todos sus compañeros, con camiseta y sus primeros pantalones de pinzas y zapatos de vestir. Estaba guapísimo pero lejos de adoptar ese estilo para su vida diaria ha radicalizado sus gustos indumentarios. No le preocupa la ropa en sí; lo que desea es que su aspecto sea un reflejo de su forma de ser, aunque hay familiares maldicentes que apuntan que más que reflejo lo que está es hecho un lío.

Acude a la facultad de Barcelona desde Cardedeu en tren y con su BH vintage (algo pequeña para su estatura), aderezando su aspecto con sus deportivas Nike, pantalones de verano Springfield y debajo leggins de Decathlon. Camiseta térmica y como colmo de sofisticación un jersey de cuando el Cid juró bandera y que perteneció a su tío allá por los ochenta. Cadenas compradas en internet y como única referencia a su ocupación de dependiente glamuroso un anillo de sello de Versace.

De su primera experiencia laboral destaca el buen ambiente entre sus compañeros y la oportunidad de conocer a personas tan ajenas a su mundo. Hasta no hace mucho empleaba sus horas de asueto en juegos de guerra, que después colgaba en YouTube, por los bosques de Llinárs del Vallés. Ahora ocupa su tiempo de ocio en escuchar hip-hop, trap y dubstep y en cuidar de su mascota: un socializado y hasta cariñoso erizo con el que comparte habitación pero no jaula. Aviso a navegantes: ¡No se le conoce novia!

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

No existe un código de vestuario explícito para los profesionales de la edición. Se pongan lo que se pongan lucen divinos si nos publican una novela y nos parecen rancios si no son capaces de ver al literato de éxito que habita en nosotros. En un país en que pocos leen pero todos creen poder escribir un libro es difícil ejercer de editor.

María Borràs es una editora de casta, con una inmejorable cintura para lidiar con los egos literatos y, además, una mujer de bandera.

Se deja los ojos, literalmente, en todos los originales que llegan a su poder y con una diplomacia que ya querrían tener muchos aconseja sabiamente cómo mejorar un texto. Su labor es callada a pesar de que muchos de los best sellers mediáticos se deben a su trabajo. Su especialidad son los libros políticos pero toda su seriedad se va al traste ante una boda real o un cotilleo amoroso. La frivolidad es para ella una defensa ante la pedantería que habita en el mundo del libro.

Su vestuario no es estridente y, cuando se le implora que se suelte la melena y arriesgue, repite siempre el mismo mantra: “No quiero salir de mi zona de confort”. Es la misma prudencia que aplica a las negociaciones con los escritores, a las temáticas efímeras y a los autores con excesivas ínfulas.

Pudiendo adoptar el look de ejecutiva agresiva ella opta por el sport con algún toque de “señora”. Coleccionista de Converse, pocas veces se apea de sus vaqueros. Hoy los luce junto a unos botines de Clarks, una camisa de Massimo Dutti, chal de Zara, collar de “vete tú a saber” y sus socorridas perlas.

Le preocupa la piratería, la avalancha de nuevos títulos sin calidad y las historias que por falta de atención se quedan en un cajón olvidadas. Y es que a ella lo que de verdad le interesa son las personas, escriban o no escriban libros dignos de ser publicados.

Paqui

Una de las cosas que me sacan de quicio de nuestra común habla es nuestra falsa conmiseración con la vejez. Contemplamos a una persona de edad provecta todavía de muy buen ver y no se nos ocurre otra cosa que espetarle: ¡Qué guapa que debía ser usted de joven! ¿Estamos idiotas o qué? ¿Desde cuándo la belleza es exclusiva de la juventud? Somos guapos o feos pero no en función de nuestra fecha de nacimiento. Y si no admiren a mi modelo.

Ella no es como esas celebrities que esconden su paso por el quirófano. Su cuerpo serrano atesora tres intervenciones en las piernas; una en la matriz; una en la rodilla con prótesis y otras tantas de hernia discal, espalda y hombro. ¡Todo un banco de pruebas para la traumatología!

Moderna como pocas, ha sido precursora, como muchas de su generación, del grito de guerra ¡Yo por mis hijos mato! y por el que la señora Belén Esteban se ha hecho injustamente famosa.

La última vez que me dejó los ojos como platos fue una tarde de julio del 2011. Me llamó por teléfono y me pasó el parte necrológico del día (algo bastante habitual a estas edades):

  • ¡Se ha muerto esa cantante que siempre iba borracha y se caía en el escenario!
  • ¿Mari Trini? ¿Pero no se había muerto ya? –le contesté ilusa de mí.
  • ¡Nooo! ¡La otra!

La otra era nada más y nada menos que Amy Winehouse y mi suegra me estaba demostrando con su aflicción mi estrechez de miras. ¡Yo que me creía que solo disfrutaba con “Cine de barrio”!

Porque ella ha visto y escuchado de todo. ¿No estamos reivindicando los años 80? ¡Pues pongamos a los de 80 años en un altar!

Esta pibón octogenaria no renuncia a la moda, gasta más en las perfumerías San Remo que en el Caprabo (también en parte porque el Día lo tiene debajo de su casa) y después de lidiar con cuatro hijos, variadas nueras y cinco nietos se puede decir que no se despeina por nada.

Ha trabajado como una mula regentando una carnicería y un colmado bollería y aún ahora se dedica a cocinar cantidades ingentes de guisos –que distribuye en tuppers para toda la familia– altos en colesterol y alejados años luz de la recomendada dieta hipocalórica.

Hoy, a pesar de estar más que pachucha, luce como una top model: calzado MBT, tejanos elásticos y camiseta de Venca, chaqueta Escorpión y bolso y sombrero de un chino. La corsetería se merece una mención especial: braga y sujetador de la sensual marca Vanity Fair que no reserva precisamente para las miradas de su marido sino para el médico de guardia que acabamos de visitar. Porque sí, la zona del Paralelo y el Mercat de Sant Antoni barcelonés está muy de moda: que si el Tickets, el Calders, el Tarannà, el Federal, els Sortidors de Parlament, el Lando… ¡El barrio bulle dicen los entendidos! Pero no se dejen engañar queridos lectores: el verdadero epicentro del barrio, el centro neurálgico, el lugar que nunca pasa de moda, que es ajeno a las tendencias decorativas y que a pesar de todo siempre está lleno es ¡el ambulatorio de la calle Manso!

TogaSi hay una profesión a la que el dicho “el hábito hace al monje” le sienta como un guante es la abogacía. El dress code es por todos conocido: trajes serios para ellos y faldas y camisas austeras para ellas. Si queremos darnos un baño de glamour y sensualidad podríamos referirnos a la serie televisiva “Mad Men” pero ¡señorías! ¡vamos a darnos un baño de realidad que estamos en España!

Mi musa de las leyes se ajusta a la perfección al patrón establecido. Un código no escrito y por todos aceptado que solo persigue una cosa: imprimir seriedad y profesionalidad. Cuando esta, ahora bregada, jurista inició su carrera profesional recibió de una socia de su bufet una advertencia que no ha olvidado nunca: “De tu atuendo depende que los clientes piensen que eres mi compañera o mi secretaria”. Y aquí la tenemos: siguiendo al pie de la letra las normas de vestuario y añorando los tejanos que reserva para el fin de semana.

Elisabeth, abogada especializada en procesal–civil y con su grueso de pleitos en los ámbitos matrimonial y de sucesiones, tiene tan interiorizada la importancia de la imagen que no duda en aconsejar a sus clientes qué es lo que se tienen que poner para una vista. Ella por su parte, si el caso es peliagudo, no duda en enfundarse una americana roja. Un color que se puede asociar a la pasión pero que delante de unos contrincantes lo que quiere transmitir es agresividad.

La toga, según nuestra letrada, iguala y consigue que solo se preste atención a las intervenciones orales. Vamos, que así se logra que el juez y demás integrantes del juicio (hombres o mujeres) estén por lo que tienen que estar.

Las puñetas –no las que están pensando sino las puntillas que adornan las mangas– se reservan para los jueces o fiscales y nadie que no luzca una toga puede sentarse en el estrado.

Sí, todos muy pulcros y elegantes pero lo que los ajenos a la abogacía no sabíamos y mi abogada pasa a ilustrarme es que ¡redoble de tambores! ¡las togas huelen a rayos!

Cada defensor dispone de una propia pero para evitar desplazarse toga arriba y abajo existe un vestuario común en el que se almacenan de manera comunitaria estos esenciales uniformes. No nos ha de extrañar que juicio tras juicio, con sudores varios y perfumes mezclados, estas prendas desprendan una peste que nada tiene que envidiar a la de una clase de bachillerato repleta de adolescentes con las hormonas desatadas.

En las inmediaciones de la Ciutat de la Justícia de L´Hospitalet de Llobregat está ubicada con muy buen criterio la Tintorería Bontoc. Allí se envían las togas para eliminar su tufillo. El procedimiento ideal para acabar con los malos olores es la ozonificación, pero no es habitual ya que este proceso dura de 24 a 36 horas. Así que una buena limpieza en seco con aditivos desinfectantes y ¡a pleitear de nuevo! Aunque algo se ha ganado últimamente: antes se limpiaban las togas cada seis meses y ahora cada dos. Vamos que aunque no lo parezca, la justicia ahora es más limpia.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Macxipan

Muchas veces nos cruzamos con personas por la calle y al saludarlas nos preguntamos de qué demonios las conocemos. Somos así: asociadas a su uniforme de trabajo y ubicadas en un lugar concreto se nos asemejan extraños que por confusión y educación nos brindan una sonrisa (tan caras de ver en estos tiempos). A mi panadera preferida no le pasará nunca eso: su simpatía y entrega hasta para vender una humilde berlina la eleva a categoría de amiga de la familia. Y no es fácil porque ¿soy la única que se pregunta si realmente comemos tanto pan como para que proliferen hornos en cada esquina? Podríamos decir lo mismo de fruterías, chinos, tiendas de perfume low cost y de cigarrillos electrónicos.

Debemos de ser un país con una alimentación sanísima aunque a mí no me salgan las cuentas, pero ¡a lo que vamos!
Mi panadera favorita se ocupa completamente sola (una de sus quejas) de amasar en un obrador exiguo, vigilar la fermentación y la cocción, decorar, limpiar y evidentemente vender. Seis días a la semana de 13:30 a 21:30 con sofocos en verano y en invierno y sin perder la sonrisa. Sin traslucir su amargura a la clientela porque antes trabajaba en Canal + y tiene un currículum más que idóneo como para ocupar un puesto de más responsabilidad. Cansada de no tener tiempo para ir al teatro, una de sus pasiones, ni para acudir con más asiduidad a la oenegé de niños con síndrome de Down con la que colabora. Esperando que esa crisis que nuestros inteligentísimos mandatarios dicen que está superada de verdad remita. Mientras tanto se enfunda cada día su bata, delantal y cofia; su calzado de enfermera y sus leggins Domyos. No puede llevar las uñas pintadas ni lucir anillos pero por suerte para ella sus mejores adornos no están a la vista. La admiro porque, cuando a la salida de las escuelas se agolpa en su mostrador una muchedumbre de chiquillos, ella no pierde la calma. Yo en su lugar en un ataque de los míos me desprendería del mandilón, lanzaría la cofia al aire como si fuera un birrete y dejaría el chiringuito desatendido. Pero no están los tiempos para reivindicaciones sindicales, nostalgias de “cuando yo trabajaba en …”, falsos reciclajes profesionales, emprendedores que solo sirven para llenar las páginas de economía de los diarios y rimbombantes freelances que ya han agotado su prestación por desempleo.
Para ella la única realidad es que el pan es “nuestro y de cada día”.

20141112_124705

A nuestra musa le hemos pillado hoy con el pie cambiado. Su estilo de paisano oscila entre las pin-ups de los años 50 y la candidez de Shirley MacLaine en “Irma la Dulce”, pero esta mente inquieta se nos ha puesto a estudiar y no le tiene cogido el tranquillo a eso de ir a la universidad. Tras años de regentar una librería familiar de segunda mano y de lidiar con stocks y encargos en una prestigiosa librería francesa ha querido aprovechar el paro y apuntarse a eso que está tan de moda que se llama “reinventarse”. Una expresión que me hace mucha gracia –la de vivir por encima de nuestras posibilidades es otra de mis preferidas– y que no quiere decir otra cosa que: “Me han despedido, estoy en una edad crítica y ya no sé qué palo tocar”.

Y de algo tiene que valer la experiencia de años vendiendo libros. Mientras las editoriales no leen ni un original, compran best sellers seguros en las ferias internacionales, contratan a mediáticos que no saben hacer una O con un canuto y se quejan de la piratería, nuestra heroína ha decidido dar algo de lustre académico a su currículum y apostar por sacar los libros de los estantes y ponerlos en las calles. No, no quiere montar un mercadillo: se trata de acercar los libros a los potenciales lectores con performances, fiestas y demás saraos. El caso es promover la lectura, descubrir joyas que no están entre los 10 más vendidos y asesorar a los lectores. La letra con sangre entra, decían nuestros padres, pero en vista de que a las nuevas generaciones ni practicándoles una lobotomía acceden a coger un libro será cuestión de entrarles por la vía festiva.

Hoy está destrozada porque se ha pasado una temporada ordeñando ovejas en el País Vasco (se implicó en exceso en la representación de una marca de quesos artesanales) y porque encima le he hecho cargar con todos mis excedentes de cambio de armario. Por eso su look no se corresponde con su verdadera esencia. Pero así va ella por el mundo: con un sincero y nada impostado “he cogido lo primero que he pillado”. Sus pantalones son de Bershka, la camisa de El Corte Inglés, la americana vaquera de Humana y los botines de un chino. Pero eso es el exterior. Su lencería no es de La Perla pero está perfectamente conjuntada, es pícara a más no poder y depara sorpresas. No se plasma en la fotografía por razones obvias. La belleza está en el interior (se dice falsamente) y nuestra modelo no solo esconde unas bragas bonitas sino unas ideas realmente hermosas.

Alfons

Cada profesión para bien o para mal tiene su uniforme o un código no escrito de vestuario. Los diseñadores gráficos son cool, los abogados van con traje, las redactoras de moda llevan encima todas las tendencias, las profesoras de Primaria no van con tacones y las peluqueras tiran de pantys de compresión. ¿Y los informáticos? ¡Ay, los informáticos! Son esa raza aparte que ante tu desespero se colocan frente a tu ordenador, te dedican una mirada de autosuficiencia y te sueltan: A veeer, ¿qué has tocado? Y tú los matarías porque estás totalmente en sus manos, no quieres perder tus archivos, te hablan con una jerga incomprensible y ves que el tiempo corre y ellos cobran por horas. Los asesinarías pero los necesitas como el agua. Así que, intentas ser amable, caerles bien y de paso que te coloquen algún programa pirata. Van de negro, suelen ser jóvenes y seguramente les gusta el cine gore. Tras lidiar con varios cracks de la informática especializados en Mac (no es fácil) he dado por fin con el hombre tecnológico de mis sueños.

Él, a sí mismo se denomina bombero y es lo que es: acude a ti raudo y veloz a lomos de su Yamaha X-Max 250 y en un plis plas te soluciona los problemas (provocados en gran parte por tu ignorancia supina) sin dedicarte ni un reproche ni tratarte como una idiota.

Las complicaciones más habituales con las que se encuentra mi técnico preferido son un resultado de la desidia por no realizar las actualizaciones –no tengo tiempo ahora, total para qué –, bajarnos programas que no entendemos, no utilizamos y ocupan memoria y limpiar al buen tuntún y desconociendo totalmente qué es lo que nos estamos cargando. Eso y darle en un momento de confusión histérica a la tecla que no toca, claro.

Pues bien, mi hombre no es como los demás: no te pega la bronca por ser una lerda, entiende que pongas el grito en el cielo porque tu ordenador está obsoleto – ¡pero si lo compré hace cinco años! – y te tranquiliza cuando ve que miras obsesivamente el reloj. Y sí, su vestuario no tiene nada que ver con los de su fatría. El último día que acudió ante mi llamada agónica lucía camisa Façonnable, vaqueros Levi´ s 501, cazadora Slam y mocasines Sebago. Todo ello acompañado de un casco bien llamativo ¿Por qué? “Ya que voy en moto de aquí para allá, por lo menos que me vean y no se me lleven por delante”. Lo dicho: es un bombero.